Son las nueve de la mañana en la facultad de informática de una universidad española y el profesor de Programación 1 hace una arenga a los alumnos de primer año. En su discurso, les pide que no se confundan, que el objetivo de la carrera es formarlos para dirigir y no convertirlos en ‘picateclas’ con las manos manchadas de código, en definitiva, les explica que programar es de pobres.

Al mismo tiempo y en el otro lado del mundo, un directivo español de una empresa de ‘software’ visita a un ‘partner’ tecnológico. Al pasar por el ‘parking’, queda sorprendido por los coches de los directivos, sorpresa que aumenta cuando su anfitrión le explica que en realidad son los coches de los programadores. Allí se reúne con un equipo de programadores bien entrado en la cincuentena con carreras y doctorados del MIT, Harvard o Stanford en puestos de responsabilidad y que nunca ha dejado de programar.

Pero ¿en qué momento se rompió el mundo del ‘software’ en España? Cuesta imaginar a un profesor de derecho animando a sus alumnos a no ejercer de abogados, pero si conocemos que el mercado laboral del sector en España está fundamentalmente dominado por las consultoras, la recomendación del bienintencionado profesor de programación cobra sentido. Y es que el mundo de la programación se divide en dos, el mundo de la consultoría y el mundo del ‘software’ de producto, pero el profesor solo conoce el primero. En ese, los programadores tienen salarios mediocres; en el mundo del producto, sus salarios no paran de crecer.

Las consultoras, que originalmente nacieron para asesorar, aconsejar y dar una visión externa estratégica e independiente, mayoritariamente decidieron vender tanto el diagnóstico como la solución. Así, el diagnóstico dejó de ser desinteresado y la rentabilidad pasó a estar basada en la venta de horas. El zorro vigilando las gallinas, una digitalización nacional que hace agua y unos beneficios basados en pagar al programador la hora más barata posible. Cadenas de subcontratas donde proyectos firmados en modernas torres de cristal se ejecutan en mazmorras oscuras.

El problema es que en España el mundo de la consultoría es infinitamente más grande que la industria de ‘software’ de producto. Eso significa que todo el mundo que hace producto ha pasado por el mundo de la consultoría y eso deja huella, o mejor dicho, deja cicatrices. Recuerdo a un ingeniero español, que ha acabado trabajando en inteligencia artificial en Google en Silicon Valley, y cuyo doctorado universitario suscitó dudas en una entrevista de trabajo con una ‘startup’ española. En las tecnológicas internacionales, los doctorados cotizan por las nubes, pero en las españolas son algo a evitar.

El chivo expiatorio clásico de esta situación ha sido la universidad española, se la ha culpado de no hacer bien su labor y no formar en las últimas tecnologías de programación. Y aunque la universidad española tiene problemas extremadamente serios, precisamente este no es uno de ellos. La universidad debe formar en los fundamentos básicos que luego permiten adaptarse a cualquier tecnología nueva, especialmente en un mundo como el del ‘software’, que cambia totalmente cada pocos años.

Curiosamente, la universidad española forma mejor para potenciales empleados de empresas de producto que para consultoras, sin embargo, como la demanda laboral viene mayoritariamente de la consultoría, prolifera la formación privada que promete enseñar JavaScript en un ‘bootcamp’ de pocas semanas, aunque lo que en realidad enseña es a llenar el perfil de LinkedIn de los ‘palabros’ que buscan los ‘headhunters’. Un sector roto siempre se llena de buitres.

Mientras los políticos españoles no comprendan que no es lo mismo consultoría de ‘software’ que ‘software’ de producto, seguirán creyendo que apostar por la innovación es atraer a una gran consultora a un parque tecnológico o hacer millonarias inversiones de modernización de las administraciones públicas a las que en la práctica solo pueden optar grandes consultoras.

El sector del ‘software’ de producto crece fuertemente y está presionando el mercado laboral. Las consultoras están intentando ser atractivas y hasta ponen pufs de colores en sus oficinas, pero es matemáticamente imposible que a medio plazo puedan competir en salario con las empresas de producto. Falta al menos una década para que la industria del ‘software’ consiga un peso significativo en la economía de nuestro país, esperemos que para entonces haya dejado de ser un juguete roto.

 

https://blogs.elconfidencial.com/tecnologia/tribuna/2021-04-13/programador-software-consultoria-producto-universidad_3030868/